sábado, 17 de marzo de 2018

MENTIROSOS Y COJOS


Mi madre diría que “se le pilla antes al mentiroso que al cojo”. Un dicho de largo acervo popular pero que comienza a ser cuestionado en los tiempos que vivimos. Porque en la “sociedad de la información”, hasta los cojos, amparados en el anonimato, pueden esconder sus problemas de movilidad para mentir impunemente sin riesgo a ser descubiertos. Las redes sociales, convertidas en autopistas por las que circulan usuarios  sin matrícula  o con nombres ficticios dan pie a que el flujo informativo que libremente rula por el mundo no supere el filtro de la veracidad o el contrasta. Y así  se puede falsear la realidad, mentir, manipular o intoxicar con una facilidad pasmosa, convirtiendo en virales, en multitudinarios, los impactos de una acción tóxica  en la opinión pública.

Mari Tere no necesitaba utilizar un “detector de mentiras” para saber si lo que le decías era o no la verdad. Te miraba a los ojos, preguntaba  directamente y, si esquivabas su vista, si te ponías en guardia para evitar  con antelación su respuesta,  delatabas tu culpa.

La mayoría eran “mentiras piadosas”, trolas que trataban de  justificar  comportamientos sin maldad –o con muy poca- que contravenían levemente  las reglas de juego establecidas. Además, con qué ingenuidad confesábamos las mentirijillas. Una vez, en un interrogatorio  sobre la autoría de una picia menor, un profesor no fraile pero amparado por su congregación,  me presionó con el pecado, las calderas de Pedro botero y el fuego eterno. Y en ese discurso catastrófico   me hizo una trampa en la que caí como un panchito. “Los mentirosos tienen las manos sucias”. Y yo, como un tonto, volví las palmas para ver las mías. Momento  en el que me “gané” una hostia de las de opción a medalla olímpica..

Hoy, la ficción, el engaño juega en la liga grande. Las “Fake News” o “Noticias falsas” se difunden por todo el mundo pretendiendo influir, desprestigiar o modular decisiones  relevantes que afecten a millones de personas. Las acusaciones  hechas a las autoridades rusas de promover ataques  y controles  comunicativos en las pasadas elecciones norteamericanas, o en cualquier otro proceso deliberativo europeo, no son producto de la ciencia ficción. Y el concepto de la seguridad global mundial se enfrenta por primera vez a una nueva amenaza  sustitutiva de la guerra fría; la batalla de la desinformación.

Puede resultar increíble o de argumento literario. Es más, el autor de éxito Frederik Forsyth publicó en 1996 la novela titulada “El manifiesto negro”. Una historia  ambientada en la Rusia post soviética que pretendía, a través de liderazgos emergentes,  recuperar su potencialidad mundial con posiciones unltranacionalistas que amenazaban a la seguridad del planeta.  Un riesgo que el autor británico desactivo a través  de una entretenida trama en la que los servicios de inteligencia occidentales llevaron a cabo un plan de desinformación  global capaz de vencer a la fuerza  del nuevo imperio en ciernes.

Pero la contaminación informativa  es hoy en día, mucho más que un ejercicio de entretenimiento. El terrorismo internacional, el proteccionismo económico, el desencanto  tras la crisis, el auge de los populismos, la desacreditación de la política, son algunas de las consecuencias  de esta “aldea global” que en su día alumbrara McLuhan y que  como efecto negativo de la globalización  ha infectado con elementos tóxicos  la capacidad humana de discernir, de configurar una opinión  basada en pruebas solventes y verdaderas. ¿Cómo superar este desafío? Recuperando la fiabilidad de medios, de fuentes de comunicación  reconocibles. Incentivando el contraste de las informaciones y separando nuevamente, información de opinión, algo  que se ha perdido  en los últimos tiempos  atendiendo a la voracidad de unas empresas periodísticas preocupadas más por la audiencia, por la notoriedad que por la verdad.

Pero si la amenaza  de las “noticias falsas” amenaza la seguridad del planeta, entrando en ámbitos geográficos menores, la incidencia de los rumores o de la “posverdad” es innegable. Basta disponer de una de las redes sociales que están a nuestro alcance para encontrar, sin dificultad, mensajes o anuncios que, simulando ser noticias,  transfieren contenidos nocivos que alimentan  la xenofobia, el descrédito público y la confrontación. Cualquiera, desde el anonimato de una cuenta de twitter  puede colgar  en una página web un mensaje –que luego borra- diciendo que el  “PNV y el PP  pactan silenciar los casos de pederastia en el juicio de …” Así se divulga una conspiración para, supuestamente esconder y amparar unas acciones delictivas asquerosas  e indignantes.  Ese mensaje, sin padre ni madre conocido,  echado como una piedra a un estanque  ha provocado múltiples  ondas de rebote hasta servir de argumento  no contrastado  de videos virales y denuncias públicas  sin rigor ni fundamento. Y el daño ahí queda. Sin confirmación, sin fundamento y gratuitamente.  A la espera de que haya incautos  que compren su manipulación, y en el cúmulo del despropósito, den a la opción “me gusta”, o en el peor de los casos, la “comparta” ampliando la cobertura del infundio.

Las falsedades se hacen más dañinas si cabe cuando se acompañan de una intencionalidad aviesa. Y ahí, el espectáculo que partidos políticos y medios de comunicación  han dado en relación al horrible crimen del niño Gabriel Cruz ha sido execrable.


No es de recibo  la explotación del dolor  para intereses particulares. Ni políticos ni electorales- Intentar legislar a golpe de encuesta, de grado de indignación popular o como elemento de venganza nos llevaría a la ley de la selva, al ojo por ojo, a la socialización del sufrimiento. Y eso es lo que el carroñerismo político de periodistas, populares y ciudadanos nos ha planteado   tras el infame crimen de Almería.

¿Cómo entender que a la puerta de una capilla ardiente un portavoz parlamentario exija la ampliación de la prisión permanente revisable (cadena perpetua)  en el código penal?. ¿Cómo interpretar que quienes (Ciudadanos) en su pacto con Pedro Sánchez exigían la eliminación de la prisión permanente revisable ahora soliciten , sin  vergüenza ajena, la ampliación de su ámbito de afección?. ¿Por qué no han tenido el coraje reclamar lo que les pide el cuerpo, la vuelta de la pena de muerte, el retorno de algo tan español como el garrote vil?.

Uno puede llegar a entender  que las víctimas, las más directamente afectadas por acontecimientos tan dolorosos, dejen llevar sus sentimientos y sus reacciones  exteriorizando  la necesidad de una reparación contundente. No ha sido el caso de los padres de Gabriel Cruz que han dado una lección de dignidad y “buena gente” a tanto mercachifle  vengativo.  

Pero lo que  no aceptaré en ningún caso  es que alguien con responsabilidad pública, por ganar en río revuelto, pida legislar con las tripas.  Sin mayor argumento que el clamor social.  Carroñeros políticos.

A tenor de los comportamientos en el Estado, parece como si  se nos empezara a olvidar los avances que en términos de una democracia occidental se asentaron tras los horrores  de la segunda guerra mundial. La globalización, el triunfo de la mentira en los relatos como manipulación masiva, el miedo al terrorismo internacional, la sensación de inseguridad, etc  están provocando una merma de las libertades que nos caracterizaban como sociedad avanzada. Pérdida de valores  acentuada en España de un tiempo a esta parte y que ha tenido como reproche, una vez más, al Tribunal Europeo de Derechos Humanos y la vulneración creciente que desde las instituciones del Estado se hace del derecho a la libertad de expresión.

El Estado de derecho es cada vez más estado de desecho. Así lo ha dicho Aministía Internacional en su último informe. Un dossier contundente y ruborizante. Como lo es el hecho que los jóvenes de Altsasu, detenidos tras una agresión  tabernaria a guardias civiles y sus parejas, lleven en prisión preventiva acusados de terrorismo desde noviembre de 2016.

Igualmente indignante es que Junqueras, Forn  y  los Jordis, lleven ya más tiempo encarcelados preventivamente en  Estremera y Soto del Real que el que estuvieron cumpliendo condena José Barrionuevo y Rafael Vera, penados a diez años de prisión por el secuestro de Segundo Marey, primera acción reivindicada por los GAL.

Aquí hay mucha decadencia. Hay más manipuladores que  relatores de la verdad. Más censura que apologistas del terrorismo. Más  justicieros vengativos  que legisladores o jueces equitativos. Más carroñeros que víctimas. Más mentirosos. Y más cojos. Cojos en democracia y en libertad.

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